Parece dibujado por un bebé. Los trazos irregulares, redondos e indecisos del volcán Quilotoa, de 4000 metros de altura, encierran una laguna a veces verde, a veces azul, con sabor a sal y azufre. Quilotoa es como dos manos color café formando un cuenco, custodiando un espejismo. Asiento tribuna para un atardecer espectacular.
Dicen que no tiene fondo, que lo habita un familiar del lagarto de Banyoles, que bañarse en sus aguas cura todos los males, los que hay y los que vendrán… Y yo digo: recorrerlo es como subrayar su cráter a cada paso, intimar con el abismo; con vistas, a la laguna y al páramo andino, y con cuestas que te dejan sin aliento. Quilotoa…ES. ¡Y que nunca deje de SER!

